Los felicitamos del tema de este Coloquio organizado por los Institutos de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, de la Universidad Veracruzana y de la UMSNH, ya que reivindica la fama ancestral de los filósofos de elegir como residencia anhelada la torre de marfil, alejada de la realidad mundana. Hoy queda claro que en la sociedad actual, tan convulsionada y caótica, sellada por la violencia, ni el teórico más puro puede permanecer ajeno a ella.
En este Encuentro que tuvo lugar en la UNAM, se percibió gran riqueza y altura en las ponencias presentadas por reconocidos académicos mexicanos. Empezaremos por las tesis acerca del origen o causa de la violencia en general, para proseguir con las variedades más concretas y alarmantes que se ejercen hoy día en nuestro país y en el mundo.
Algunos participantes sostuvieron que el origen de la violencia reside en la naturaleza o esencia humana. Y para ello se apoyaron en autores como Tomás Hobbes quien desde el siglo XVI afirmara, en su famoso texto El Leviatán, que la ley que impera en la sociedad es la ley de la jungla, es decir, la ley del más fuerte; “que el hombre es el lobo del hombre” y que por lo tanto, se requiere un pacto social para que la convivencia humana sea posible. Este autor se adelantó al Contrato Social de Rousseau, el cual estipula que, a cambio de garantizarles seguridad y protección a los ciudadanos, el Estado los conmina a delegar en él su libertad y a conferirle obediencia. Condición necesaria para que los hombres puedan vivir civilizadamente en sociedad.
Otros ponentes sostuvieron la posición contraria; a saber, que el origen de la violencia no es innata, o sea que no se encuentra en la esencia humana, sino en su condicionamiento social, político, económico y cultural. Para ello, se apoyaron en la corriente existencialista como marco filosófico, aduciendo que “la existencia precede a la esencia”, es decir, que no nacemos con una esencia ya dada cabalmente, sino que cada hombre la va construyendo a lo largo de su vida, en la medida que va realizando actos libres y conscientes; y en consecuencia, es responsable de lo que va haciendo en y de su vida. Por lo tanto, será la condición social que lo rodea lo que hace aflorar la violencia.
Si bien ninguna de las dos posiciones sostiene que la violencia pueda eliminarse del todo del espectro humano, la explicación de sus causas resulta totalmente diferente en una y otra. Las consecuencias teóricas y prácticas que se derivan de ellas son fundamentales y, sin duda, opuestas. La postura que sostiene que efectivamente hay una esencia humana y, por ende, que la violencia es innata, estaría condenando al hombre a ser irremediablemente violento, o sea, que mientras haya seres humanos la violencia prevalecerá, privará, independientemente de la circunstancia social. En cambio, la posición que se pronuncia por el condicionamiento socio-político, económico y cultural como lo determinante, permite esperar cierta posibilidad de transformación en las relaciones humanas, un posible cambio de acento respecto del estado de violencia que impera hoy, en nuestro país y en el mundo, y que ha alcanzado un grado superlativo que resulta deshumanizante y degradante, al estar entrelazado con la impunidad, la mentira y la corrupción.
Para tener el cuadro completo en toda esta argumentación habría que añadir un elemento fundamental: el poder. Pues es en realidad el poder el que, en su ejercicio, ha originado la violencia para lograr sus propios fines: el dominio, la dominación.
Una posibilidad sería quizá matizar el tipo de ejercicio o de prácticas del poder, pues si ponemos atención, desde los inicios de la filosofía occidental tenemos una referencia importante en La República de Platón donde Sócrates contradiciendo a Trasímaco, su discípulo, afirma: “el hombre de bien no es esclavo del afán de poder que mueve a los demás hombres; éste, en cambio, está movido por escapar al poder”.
Otra referencia la encontramos en la filosofía contemporánea y tiene que ver con el funcionamiento del poder. Quizá la forma hasta ahora mayormente practicada: la del dominio, no sea necesariamente la única forma de ejercerlo. Podría no tener necesariamente la estructura vertical, piramidal, de dominación de arriba hacia abajo, sino una forma horizontal, como el rizoma del filósofo francés G. Deleuze, (s. XX) aplicado a la política.
Por razones de espacio, sólo mencionaré los títulos de algunas de las ponencias presentadas por prestigiados académicos que aluden a problemas candentes que vive el país: “La violencia ideológica como negación del Otro”, “El terrorismo y la violencia política”, “La exclusión es también violencia”, “Violencia y narcotráfico, nuevos contextos para repensar la identidad de México”, “Narcotráfico, instituciones democráticas y derecho”, “Drogas, prohibicionismo y moral”. Vale decir que los que más impactaron fueron los relacionados con el narcotráfico al transmitir al público una realidad que quisiéramos poder negar: la omnipresencia de dicho fenómeno. Se habló de su surgimiento a partir de la globalización y el liderazgo del mercado. Se explicó cómo se ha sofisticado la capacidad organizativa de la delincuencia, más allá de lo que los gobiernos son capaces de detectar; además de su capacidad de infiltrar a la policía y al ejército, así como de corromper o presionar a funcionarios y jueces como lo resume esta escalofriante frase que utilizan como una política cotidiana: “billete o plomo”. ¡Esto, sin entrar en las cifras estratosféricas de millones de dólares que se manejan! Otra afirmación que fue destacada en una de las ponencias es la siguiente: “El poder del narco es fuerte donde el Estado es débil”, así como un hecho por demás comentado: la violencia que ejercen policía y ejército contra luchadores sociales, en aras del combate al crimen organizado.
La conclusión fue la necesidad de cambiar de estrategia, pues es evidente que la vía hasta ahora empleada –basada en la represión y la mano dura- no sólo no ha probado ser la adecuada, sino que ha sido contraproducente. Al final, se propuso despenalizar la droga, bajo el argumento de que, además de disminuir la violencia, abriría la posibilidad de la investigación para elaborar vacunas y tratamientos, aportación que resulta necesaria con fines médicos y científicos.
En el ánimo de los asistentes se adivinaba la nostalgia por ese país que una vez fue nuestro México y que ahora, cada día que pasa, nos resulta más y más extraño y lejano.
* I Encuentro de Institutos de Filosofía del País. 8-10 de junio 2009.
FERNANDA NAVARRO
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